Ya estamos de lleno en el
centenario (aunque aún falten meses para su fecha real de aniversario) de la
Gran Guerra, aquella que luego se llamaría Primera Guerra Mundial y que en
realidad fue la continuación de otra contienda, casi desconocida pero
fundamental para entender los conflictos del siglo XX, como fue la Guerra
Franco-Prusiana de 1870. Los anaqueles de las librerías empiezan a rebosar de
libros sobre aquella carnicería, por lo que hoy en Marabilias seremos tan
audaces como para hacer una criba, con lo que ya nos ponemos la venda antes de
la herida por dejarnos algún seguro que más que interesante volumen sobre la
materia. Y ya puestos, no quedará la cosa sólo en obras de ensayo, sino también
novelas y comics. Accede a Marabílias
si quieres saber más
En el primero de estos diez
libros “La primera guerra mundial contada
para escépticos” el autor
jiennense Juan Eslava Galán (2014) Ed. Planeta, se mezclan anécdotas,
datos, documentación y mucha, mucha historia. Esas han sido las armas de Eslava
Galán en estas páginas, que no escatiman en raras y curiosas estampas, pero también
en ásperas lecturas. “El nacionalismo es la ideología de los tontos, pero
siempre hay quien saca partido de ella”, escribe irónico el escritor al
referirse al desencadenante de la guerra: el asesinato del heredero del Imperio
Austrohúngaro cometido por un joven nacionalista serbio, un hecho que altera
brusca y completamente la situación. Corre el 28 de junio de 1914 y lo peor
está por venir. El nacionalismo –peste del siglo XX y, de momento, del XXI,
señala el autor- iba a poner enseguida con ese atentado el mundo patas arriba.
No sólo retrata el frío, la humedad y enfermedades, sino que se afana en
describirlas como lo que fueron: una vida de ratas. Eslava se permite la
curiosidad, quizá para profundizar el horror y trocarlo en macabro chiste. Existen,
de hecho, verdaderas curiosidades en este libro: así la rocambolesca historia del jamón que se
conserva en una urna de cristal en la taberna El Gorrión, en Jaén. El entonces
dueño del local se enamoró de una joven clienta a la que la grasa del jamón
había manchado el vestido, así que decidió no probarlo y conservarlo, casi
momia, en la bodega. Todavía hoy se puede bajar a la bodega del citado bar y
contemplarla dentro de la citada urna.











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